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viernes, 29 de noviembre de 2013

TRABAJAR GRATIS

El otro día hablaba con mi hermana y echábamos la vista atrás. Estoy preparando la gira de mi disco acústico y de nuevo me doy de bruces con la realidad. Cobrar un fijo en un concierto es poco menos que un milagro (hablo de la gente que juguemos en esta liga, por supuesto), hoy en día se trata de lanzarte a tumba abierta y ver qué pasa. Recuerdo cuando empecé en la música en el año 92, que no era demasiado dificil cobrar 25 mil pesetas, 150 euros, por actuación. Hoy, 20 años después, cuesta mucho cerrar esa cantidad de salida. Triste, pero real. 

Cuando tenía 19 años tuve un trabajo en el que ganaba 150 mil pesetas, es decir, aproximadamente 900 euros de los de ahora, una cantidad que ronda el salario de la inmensa mayoría del español medio. ¿Qué ha pasado en estos 20 años?, ¿Era irreal aquello o es irreal esto?, ¿dónde ha quedado todo aquello por lo que se luchó en los 70 y los 80?. Nos han devuelto al punto de partida de un plumazo.


Eso sí, para acabar de situarnos. Cuando empezaba a salir con mis tiernos 18 años, una cerveza valía 100 pesetas, es decir, 60 céntimos de euro. Hoy día pagas de 2 a 5 euros en cualquier bar de moda o sala de conciertos. Nuestro poder adquisitivo se ha derrumbado. Somos lo que comemos, lo que pensamos, lo que hacemos, si, pero para la sociedad somos lo que consumimos y si no consumimos, no interesamos.
Hay gente que reclama la gratuidad de la cultura, de música, cine, teatro, etc. Deben pensar que los que nos dedicamos a esto no comemos ni pagamos facturas, o simplemente que deberíamos tener un trabajo “como dios manda” para vivir, y no estar ahí, disfrutando con lo que hacemos. Si la cultura ha de ser gratis, ¿no debería serlo también todo lo demás?, ¿porqué no puedo entrar en un supermercado y llenar mi carro gratis?, ah, eso es delito. ¿Cuesta tanto entender que nuestro oficio es devoción pero también la forma de vida con la que intentamos subsistir? A nadie le gusta trabajar gratis, aunque los músicos lo hagamos muy a menudo. 

 

Tenemos el dudoso honor de estar a la cabeza del mundo en piratería. En descargas de música y películas. Que levante la mano el que no haya descargado alguna vez música o películas. Yo no puedo levantarla.
Los Extremoduro lo han dejado claro en su comunicado de prensa a raíz del tan trillado tema del robo de su último disco. Son muchos los que roban en el camino. Lo cojonudo es leer en la red que mucha gente se alegra de ese hecho e incitan a descargarse el disco. Sería interesante ir al trabajo de cualquiera de esas personas, si es que lo tienen, y proveerse de lo que sea que hagan sin pagar por ello. En el fondo creo que lo que se sobreentiende de todo esto, es que la sociedad sigue viendo al artista como un vago, un maleante que vive del cuento, con su cancioncitas, sus letritas, sus cuadritos, sus novelitas, y eso no es trabajar, eso es disfrutar, y cómo bien dice la biblia, ganarás el pan con el sudor de tu frente, sin disfrute alguno, del sexo dicen cosas parecidas. La envidia siempre ha sido una pandemia incurable.


En fin, a veces pienso que tenemos lo que merecemos, porque una sociedad suele ser el reflejo de sus gobernantes y viceversa, y porque nuestra falta de empatía y exceso de apatía me lleva a pensar que este lugar que habitamos se rige más por el “si yo estoy jodido, que se jodan los demás” que por el “vamos a cambiar todo lo que no nos gusta” o el “ole los cojones de aquellos que luchan por vivir su vida de la forma que eligen y no de la que les dicta la inercia”.
No se me pasa el cabreo, que le voy a hacer.


Joel Reyes

martes, 5 de noviembre de 2013

ROBE INIESTA

Una de las cosas más difíciles en el mundo del arte, es, sin lugar a dudas, encontrar ese lenguaje propio, ese carácter que te diferencie del resto y te haga reconocible. Centrándonos en el mundo de la música, hay artistas que, te gusten más o menos, son reconocibles en cuanto abren la boca, ya sea por su voz (no estoy hablando de calidad, sino de personalidad), por su lírica, por su lenguaje musical, o por una mezcla de todo ello.

Nadie negará que gente como Bowie, Tom Waits, Leonar Cohen, Sabina, Raphael, Bunbury, Nino Bravo o el protagonista de esta entrada, Robe Iniesta, son artistas inconfundibles. Encontrar tu lugar, tu lenguaje y hacer de ello tu seña de identidad, es la búsqueda que todo artista que quiera trascender, debería  hacer, aunque es más fácil decirlo que conseguirlo. Todos  tenemos nuestras influencias y nuestros lugares comunes, también los anteriormente mencionados, pero han sabido encontrar ese factor que los diferencia del resto.
 
Reconozco que, debido a mis gustos, nunca presté especial atención a Extremoduro, por pertenecer a eso que se llamó Rock Urbano. En mi adolescencia lo rocé de pasada sin prestar mayor atención, hasta, como casi siempre ocurre, darme cuenta de que me estaba perdiendo cosas realmente interesantes. A estas alturas, decir que Robe Iniesta es un grandísimo escritor de canciones y un letrista brillante es una obviedad.

Su lírica marca una diferencia con la mayoría de sus contemporáneos de género. Y es ahí donde radica su mayor valor. Su forma de decir las cosas, descarnada y cruda, pero a la vez de una extrema y poética sensibilidad le hace diferente al resto. Hoy en día muchos han seguido su estela y tiene más de un alumno aventajado como Carlos Chaouen o Kutxi Romero, cantante y letrista de Marea. Quiero suponer que gente como el maestro Rosendo abrieron camino  a esa otra forma de comunicar, mucho más cruda pero igual de efectiva que la lírica del lado más clásico del cantautor.
Esta tarde se va a celebrar un monográfico dedicado a Robe Iniesta en el Libertad 8 y yo no he querido perdérmelo. Después de la experiencia del dedicado a Drexler, me parece una iniciativa de lo más motivadora y aplaudo a Andrés Sudón y al L8 por llevarlas a cabo. Es más que interesante descubrir diferentes lecturas y puntos de vista de esas canciones que todos hemos escuchado.

Esta vez me he decantado por uno de los temas más conocidos de su repertorio: “Salir”. Una canción que conozco bien por haberlo cantado mil veces en bolos de orquesta. Pero quería aportarle algo. Esa letra, dejando de lado el aparente aspecto lúdico del estribillo, siempre me ha parecido de una melancolía tremenda. Al final Robe te dice que por más que lo intenta, por más que se entregue a la fiesta, la realidad siempre acaba por aparecer en la soledad de su habitación. Por eso me pareció interesante “menorizarla”. Cambiar su tonalidad de mayor a menor para acentuar ese lado más triste que a mí siempre me ha transmitido. Y este es el resultado. Espero que os guste.


Si os apetece, nos vemos esta tarde a partir de las 19 horas en el Libertad.

Joel Reyes